"El testamento" Línea de la vida.

 


Nació en el barrio malagueño del Palo, pero el deseo de su padre le llevaría a mudarse otro lado del río Guadalmedina.

Cambió el aroma del Mediterráneo por la contaminación que emanaba de las calles de su nueva ubicación. El taller de su padre estaba muy cerca y eso significaba menos tiempo fuera de casa, poder comer juntos todos los días, reducir gastos de gasolina, …

Dejó atrás ese pasaje del que conocía cada escalón y recoveco donde sentarse para compartir juegos con su vecina Chari la del quinto y su inseparable amiga Pili del primero. Su felicidad se tornó en una tremenda soledad carente de luz y armonía.

Habitación de cortinas tupidas aterciopeladas de color rosa salmón de una ventana donde solo divisaba cemento y ladrillos.  Inmensidad de edificios donde intuía que vivía mucha gente por la cantidad de ropa que veía tendida y por las luces que se encendían al anochecer.

La cercanía del lugar del trabajo de su padre marcó distancia en la relación matrimonial y la bonanza del negocio de Manuel produjo un cisma en el que por primera vez vio a su madre llorar por desamor. Su padre llegaba de madrugada, se iba al amanecer y nunca daba explicaciones.

Su único aliciente además de oír música era asomarse al balcón sobre las siete de la tarde para ver a su amor platónico. Cada tarde fiel a su cita se asomaba tímidamente y le esperaba. Tenía cronometrado todo. Sabía la hora de salida de su portal, los minutos que tardaba en cruzar por el paso de peatones y los segundos en total que el joven tardaba en llegar a la esquina en la que le perdía de vista. Aquel chaval llevaba un paso sutil y una cadencia de brazos que acompañaba el vaivén de su flequillo y sentía que acariciaba el aire a su paso. Ella soñaba y se dejaba llevar. Dos minutos treinta y cinco segundos en los que era inmensamente feliz. Así pasó el primer verano de su cautiverio, deseando de que llegase el mes de septiembre para comenzar el curso escolar.

Menos mal que su colegio de monjas tenía ruta de autobús por su nuevo domicilio y no la separaron de sus compañeras de clase a las que conocía desde que tenía siete años.

Manuel era un hombre autoritario, distante, insensible, serio. Nació en plena guerra civil y no pudo ir al colegio ya que era el mayor de sus cinco hermanos y sus manos eran necesarias para las labores del campo que su padre Rafael labraba desde el amanecer, tenía muchas bocas que alimentar. El sacerdote de su pueblo le enseñó a leer y a escribir.

Desde joven se marcó un objetivo, salir del pueblo y encontrar un trabajo que le alejara del campo. Regresaría al pueblo solo para visitar a la familia.

A Carmen desde pequeña le contaban sus tías que su padre se tomaba atribuciones que no le correspondían y que era muy autoritario con ellas incluso más que sus padres por lo que el día que Manuel decidió irse al ejercito y alejarse del pueblo se alegraron todos de su partida.  

Manolo, su hermano mayor, realizó las pruebas de acceso al colegio jesuita de San Estanislao al igual que su hermano Rafael que a diferencia de él nunca quiso pertenecer a tal institución. Prefería estar como él mismo decía con la gente de la playa, no le gustaba codearse con la “élite” era “diferente”.

Carmen era más afín a Manolo. A pesar de la diferencia de edad y de ser mujer se entendía mejor con su hermano mayor, era su referente, le encantaba su forma de ser, admiraba sus inquietudes y su saber estar. Sin embargo, su hermano Rafael era más distante, la relación con él era más fría. Siempre fue el niño “pupas”, daba todo tipo de problemas a sus padres. Travesuras, pillerías, destrozos, quejas de los vecinos por su comportamiento, … era raro el día que Adelina no tenía que disculparse y Manuel la culpaba siempre de todo lo que hacía Rafael.

Cuando la familia se mudó, Manolo además de estudiar, comenzó a trabajar en la Diputación de Málaga.

A Rafael como no le gustaba estudiar al terminar la EGB, no le quedó otra que irse a trabajar al negocio familiar. Para Manuel en el fondo significó motivo de alegría ya que siempre pensó en él como el heredero del taller. Su imperio había crecido, le había costado sudor y lágrimas. Soñaba que algún día su hijo menor sería su sustituto. Manuel mimaba a los clientes, les agasajaba con detalles. En navidad les hacía obsequio al igual que a sus empleados y proveedores que agradecían el gesto de Manuel. Año tras año así lo hizo hasta que se jubiló.

Carme pasó en el Palo los mejores años de su vida, pero también vivió episodios tristes ya que su padre era de secano por lo que huía del rebalaje y tampoco aceptaba los gustos de sus hijos. Adelina, obediente a las exigencias de su marido entendía que sus pequeños quisieran ir a la playa por lo que llegó a un acuerdo con ellos. Irían por la mañana un ratito con la prudencia de llegar a buena hora para tener la comida y las faenas de la casa. Por la tarde después de recoger la cocina, bajarían de nuevo provistos de merienda. Nunca se bañaba, a lo sumo se mojaba hasta la rodilla. Carmen nunca vio a su madre en bañador y no lo entendía.

Recuerda con cariño como su madre se acercaba a la orilla y les tiraba piedras pequeñas para que no se metieran tan hondo. Era increíble la puntería que tenía con los chinos que conseguía que Carmen y sobre todo Rafael se salieran rápidamente del agua.

También odiaba las verbenas, las ferias, … Antes de que regresara de trabajar, Adelina llevaba a sus niños a los cacharritos. Aún no estaban encendidas las luces ni las atracciones abiertas cuando ella los llevaba. El calor que desprendía el acero y el plástico de las atracciones era insoportable. Estaban recalentadas por estar todo el día al sol. Carmen al sentarse en el columpio se mordía el labio y se aguantaba. Era la única posibilidad de poder ir a la feria. Ese miedo hacia su marido se lo transmitió a los niños que desde muy pequeños aprendieron a mentir, ocultar y tapar todo lo que hacían hasta el fin de sus días con tal de no enfadar nunca a Manuel.

Manolo siguió ejerciendo su actividad laboral alejado del negocio familiar. Terminó sus estudios lo que le ayudó a ascender y conseguir plaza fija como funcionario por lo que decidió independizarse e irse a vivir con su novia de toda la vida, Marina, una muchacha de buena familia con sentimientos profundos y sinceros que le amó y respetó hasta el resto de sus días. Aprendió además a querer a los padres y a los hermanos de Manolo, pero en especial a Carmen. 

Su padre se negó rotundamente a que se marchara a vivir con su pareja sin casarse y cambió sus planes.

Muchos fueron los invitados al enlace. Adelina fue la madrina de su hijo Manolo y vistió casi de negro, el color reflejaba como realmente se sentía. No era feliz.

Rafael continuaba trabajando en el negocio y los problemas nunca faltaron. Manuel no conseguía su objetivo de traspasarle el carisma necesario para poder gestionar el negocio y no podía entenderlo. Las disputas en el taller eran a diario y continuaban en la casa. Un infierno donde no faltaban insultos, reproches incluso vejaciones y Adelina en medio de todo.

Y como si huyera continuamente del mar Mediterráneo, Manuel decidió un buen día dar otro salto y poner más distancia. Compró una casa en Alhaurín de la Torre.

Todo un sueño para aquel hombre luchador que comenzó de la nada y montó un imperio próspero que daba de comer a muchas familias.  De vivir en un segundo piso sin ascensor de cincuenta metros a comprar un chalet en esa localidad que estaba tan de moda. Casa independiente con terreno, barbacoa y piscina que en realidad era una alberca que meses más tarde mandaría subir sus paredes, techar y convertirla en cuartillo para la leña. Cuando ya se había habituado a vivir en la capital y esa ilusión por aquel chaval del flequillo la mantenía viva fue cuando de nuevo tocaba mudanza coincidió además con el fin de su etapa en el colegio de monjas porque finalizaba el bachillerato. Donde se mudaba no había instituto por lo que tendría que ir a la localidad vecina de Torremolinos donde conoció a su primera amiga en el pueblo, Ana, una chiquilla triste y apocada, pero con la que congenió y lo que parecía que sería un desastroso verano fue al final la mejor etapa de su vida.

La playa la sustituyó por la manguera y a su amor platónico pronto le encontró sustituto que no era muy agraciado físicamente, pero le haría sonreír y de nuevo soñar. Sus padres se “encontraban” de nuevo y la maldición del piso se acabó. Adelina volvía a sonreír ya que estaba locamente enamorada de él desde los 15 años y le perdonaba incluso defendía todas las actitudes negativas que su esposo tenía con sus hijos, con sus familiares, amigos, vecinos, … Sus órdenes y deseos estaban por encima de todo y todos y seguía ocultándole lo que ella sabía que a él le podía molestar, todo por no enfrentarse.

Un mes de abril, Adelina volvió a ejercer de madrina, pero esta vez de su hijo Rafael que se casaba con una mujer “extraña” que nunca fue del agrado de Carmen ni del resto de la familia. Adelina estaba muy feliz de acompañar a su hijo Rafael al altar. Lució para la ocasión un hermoso vestido azul que iluminaba e irradiaba esa felicidad que no tuvo en la anterior ocasión.

Pronto llegarían los nietos por parte de Rafael.  Primero Alfredo, su abuelo inmensamente feliz imaginaba y soñaba que su jubilación estaba asegurada y el futuro de su empresa. Un hijo, después su nieto, ambos varones gran parte de su sueño cumplido. La continuidad asegurada.

A pesar de convertirse Rafael en padre de familia nunca creció, en cierta forma, nunca le dejaron crecer ya que Manuel le corregía cada paso que daba y le solucionaba todos los problemas a su manera sin dejarle actuar por iniciativa propia. Siguió siendo aquel niño que se metía sin querer queriendo en problemas y que sus padres obviamente siempre le ayudaban para salir de ellos.

Carmen, después de dar algunas vueltas y fracasar tanto en los estudios como en el mundo laboral se planteó formar parte de la plantilla del taller pese a todas las advertencias que recibió de su entorno.

Nunca pidió que la tratasen mejor por ser mujer. Le tocó los primeros años ser chica de la limpieza, de los recados, camarera del desayuno, del café de la tarde, telefonista, … y cumplía con todas las obligaciones que le dictaban.

Diecinueve de marzo de 2002, festividad de San José, día del padre.  Manuel recibió en su despacho por boca de su hijo, una noticia tan inesperada como dolorosa para él.  A pesar de que en alguna ocasión insinuó a su hijo la posibilidad de que se marchara del negocio nunca creyó que Rafael lo pusiera en práctica.

Nada hizo sospechar en el taller del drama que Manuel estaba viviendo en su despacho hasta que Rafael bajó las escaleras y con tono prepotente y chulesco anunciaba que abandonaba el barco, acababa de comunicarle a su progenitor que le había salido trabajo en otro taller y que no volvería a trabajar allí nunca más. Carmen atónita subió rápidamente en busca de su padre y al llegar a la oficina le descubrió abatido y con los ojos llorosos. Ni cuando su abuelo paterno murió lo había visto en ese estado. Le causó mucha pena y desasosiego.  “¡Estamos acabados! ¿pero dónde va a ir este niño? Aquí le aguanto porque es mi hijo, pero vaya donde vaya no le van a admitir tantos fallos y errores.  Aquí lo tiene todo, sueldo, coche, gasolina, entra a la hora que quiere, se va cuando le apetece, … está loco. “

Pasó a tener miedo, Manuel no entendía de ordenadores y consideraba imprescindible que uno de la familia fuese el encargado de la facturación, de los cobros, pagos, proveedores, … En ese momento Carmen se dirigió a su padre e intentó consolarle y a la vez se ofreció para sustituir a su hermano. La respuesta de Manuel se oyó en todo el taller: “Estás loca, no puedes. Es imposible, no sabes. Y encima tienes una niña pequeña que atender. Todo esto es una ruina.”

Para ella nada era imposible, se veía capacitada y así se lo repitió a su padre que no tuvo más remedio que aceptar su ofrecimiento. No tenía otra alternativa.  

El taller funcionó con absoluta normalidad durante un año que fue el tiempo que tardó Rafael en descubrir que fuera del taller nadie soportaría su ineficacia y su desidia para trabajar y aprovechando una reunión familiar se sinceró con Adelina y ésta como madre abogó por su vuelta ante Manuel que en el fondo se sintió feliz por el fracaso de su hijo y la consiguiente vuelta al taller.

Como si de la parábola del hijo pródigo se tratase, Rafael fue recibido en el taller con los brazos abiertos. Su padre aceptó la petición de que despidiese al encargado, que a Carmen la relegara a sus antiguas funciones y le compró un coche nuevo. Después de todo esto, Rafael se sintió más fuerte que nunca y el trato hacia Carmen fue empeorando. Con el regreso de Rafael, llegó la jubilación de Manuel y Talleres Pedroche, S.L., abría sus puertas con un único administrador y Carmen quedó relegada a simple chica de la limpieza. Se sintió inútil, infravalorada y ridiculizada sobre todo por su hermano Rafael que se dirigía a ella siempre de una manera déspota y dañina.

Una mañana necesitó respirar y decidió ir a caminar por las arenas de las playas del Palo, donde se sentía feliz. Era su refugio particular. Allí meditó sobre su futuro y tomó la firme decisión de que nunca se dejaría avasallar por nadie.

Como era de esperar, la jubilación de Manuel se dejó notar mucho en el taller. La gestión de Rafael era pésima y los ahorros de toda una vida de su padre fueron desapareciendo. Se justificaba siempre diciendo que el negocio era el sustento de la familia en general y no aceptaría a sus ochenta años cerrar el negocio al que dedicó todos sus esfuerzos.

La muerte inesperada y prematura de su hijo mayor tampoco ayudó en que actuará con mayor lucidez en la decisión del futuro del negocio. La mala racha continuó y después de la partida de su hijo mayor Adelina falleció.  

Carmen vivía alejada de los problemas económicos del negocio familiar, bastante tenía con los suyos propios que no eran pocos. Lo que realmente le preocupaba era la distancia y frialdad que las recientes pérdidas había provocado en su familia.

Marina, la mujer de su hermano Manolo, a pesar de enviudar no se alejó de su familia política, se sentía muy querida por su cuñada Carmen y su ahijada Manuela. Sentían presente a Manolo en todos los momentos que compartían juntas. Ella fue para la madre y para su hija un apoyo incondicional.

Una mañana de mayo, fue convocada por su padre y por su hermano: “Necesitamos pedir una póliza de cuarenta y ocho mil euros y como aval vamos a poner la vivienda de papá, tienes que firmar sí o sí”. Carmen se negó rotundamente: “Papá, ¿vas a arriesgar también el chalet? Que avale con su piso.” De inmediato se puso en pie encolerizado y recriminó a su hermana la falta de consideración con gritos, insultos e improperios.

Su padre, influenciado por Rafael, retiró la palabra a Carmen más de un mes. Nunca imaginó que la negativa a firmar haría que ante notario Manuel testara en contra de su hija y de su nieta Manuela.

Carmen después de cuatro años sin hablarse con su hermano tuvo que ponerse en contacto con él para pedirle colaboración ya que su padre había enfermado y se encontraba hospitalizado.  Se negó a colaborar con su hermana y todo el peso de la situación recayó sobre ella. La casualidad hizo que una mañana al ir a recoger documentación de su padre, en un cajón del despacho había una copia simple del testamento. La curiosidad y la duda permanente sobre su contenido hizo que lo leyera se sorprendió gratamente al comprobar era heredera junto a su hermano Rafael. Su padre no había cumplido la amenaza.  Sin embargo, días antes del fallecimiento de su padre, Rafael mostró a Carmen una copia de un testamento que no se correspondía con el que ella había leído días atrás. Así se lo hizo saber a su hermano que se enfadó mucho.

Carmen le informó que el testamento válido es el que el que tenía la fecha más reciente y ese era el que su padre custodiaba en la casa. Tantos años pensando que era el único heredero.

Manuel se iba muriendo lentamente. Carmen y Manuela permanecieron junto al lecho de Manuel toda la noche y al amanecer el pobre anciano falleció.

Un mes después, llegó el momento de la lectura del testamento de Manuel y Rafael aún albergaba esperanza. Pero no fue así. Entró en cólera al escuchar al notario.  Celos enfermizos de su hermano, rencor hacia su madre, odio a su padre y una inmensa hipocresía y venganza hacia su hermana Carmen.

¿Cómo un papel con un puñado de letras impresas puede hacer aflorar tan nefastos sentimientos en un ser humano?

Testamento, cuatro sílabas, cuadro de sentimientos, cuarteto de miembros de la misma familia odiados y repudiados por Rafael para los restos.

 La familia la que Manuel y Adelina habían formado en aquel barrio del Palo se había roto y sintió una tristeza profunda.

Llegó a casa y se encerró en su habitación como tenía costumbre para desahogarse. Cerró sus ojos y recordó a su querido hermano Manolo en un atril leyendo un pregón dedicado a la Virgen del Carmen, a su madre en la orilla de la playa con su vestido arremangado y a su padre tocándole suavemente la frente porque parecía que tenía fiebre y estaba muy preocupado. Notó el cariño de los tres y le dio fuerzas para retomar las riendas de su vida y comprender que a su familia nunca la olvidaría. Su marido Carlos la amaba tanto que entendió la necesidad de Carmen de regresar a vivir al Palo y de nuevo respirar el salitre del mar mediterráneo. Gracias al testamento, vendió sus propiedades y pudieron comprar una vivienda en el barrio malagueño que la vio nacer, reír, jugar, bailar, … allí sería feliz hasta el resto de sus días.

 

 

 

 

 

 

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